Mis profesores

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Imagen: YouTube

Por Javier Álvarez Viñuela

En esta cuartilla pondré a prueba mi capacidad de síntesis, sabiendo que con lo que referiré es necesario para escribir un libro o por lo menos unas buenas memorias de quienes fueron mis maestros en la escuela y en el colegio, allá en ese inolvidable pueblo de El Valle. Obviamente lleva envuelta experiencias y vivencias que trataré de reconstruir sin la ayuda de nadie, sino a través de una memoria lúcida fortalecida por la observación, la concentración y otras virtudes que no sabemos si son innatas o de utilidad recreativa para redactar lo que sigue.

Empiezo en orden, cómo debe ser. Nunca estuve en el CAIP (Centro de Atención a la Infancia Primaria). Hubiera podido degustar las comidas de Ninfa Palacio Gamboa, Carolina Mosquera Garcés ( pig), haber escuchado las anécdotas de don Margarito Lozano (pig), empleados de base de esa institución que estuvo a la cabeza de la directora Gloria y para la primera época que recuerdo, funcionó en la casa de la familia Rivas Camacho, en el sector de La Marea.

Paso a la primaria. Y aquí fue otra cosa: mi maestra de kinder Nora. No sé por qué en entre maestros y alumnos no se dan los impedimentos y recusaciones. Entonces mi profesora de primero fue mi querida madre Eblin Viñuela González. ¿Me educó y evaluó sin perder el criterio objetivo de imparcialidad y promovetrme al siguiente curso? Respondo afirmativamente. Recogo testimonio loables de otros exalumnos de ella. Miriam Buenaño Ríos me toma en segundito. Mis dificultades con ella fueron las matemáticas. Me enseñó que con disciplina se podían lograr las metas.

El ecuador de la primaria es tercero. Llego a las manos de Cilia Murillo Arias. No sé si fue por los cálculos de mis padres pero de ella me dulcificaba con los conceptos y reglas de la asignatura de entonces “creación y expresión” ahora es español y literatura. Antes de b y p se escribe con m, escuché por primera vez de sus labios. Cuarto lo hago con el profesor poeta: Guzmán Anelio Bermúdez Lemus. Exigente y rígido. Sabía tanto de español como de ciencias naturales. Su letra en el tablero era curiosa: escribía pegado.

Llegan las épocas del preludio. La decisión era estudiar en la Normal Santa Teresita. En quinto, entonces, mi recordada profesora Eligia Pinilla de Gómez. Pedagoga por naturaleza. Redoblo mis convicciones para se maestro o bachiller pedagógico. En verdad nunca lleve rejo. La única penalidad que me impusieron fue permanecer incado o de rodillas y con las manos en alto, por no saber dividir por tres cifras. Recuerdo a los compañeros de entonces Gregorio Caseres Urrutia y Cicerón Roa Chaverra, que tenían el privilegio porque en las tardes de todos los viernes salían para el “apostadero” para prestar su servicio militar.

El régimen de las monjas contemplativas de Builes me preocupaba, aunque era ineludible. Sexto de bachillerato. Quince materia. Profesores diferente para cada asignatura. Un antecedente de promociones y maestros ya formados antes de mi o de mi generación. Constato que muchos o algunos empiezan a profesionalizarse. Y otros aunque no lo hicieron o lo adelantaron después, fueron tan brillantes y extraordinarios maestros, que sus conocimientos me dieron las mejores bases para ingresar a la universidad.

Del bachillerato quedaron bonitas vivencias; escojo algunas. En inglés, con el profesor Omar Valencia López, cuando nos evaluaba y alguien escribía en inglés y español al mismo tiempo: irreverentemente decía: para los que escriben como los mexicanos. Del profesor Daniel Román Vega Abreu, de español, cuando decía: no escriban errores que no hay en los textos; del profesor Aulio César Ricard Garcés, toda una autoridad y en sus asignaturas, cuando evaluaba en historia o geográfia, nos decía: Álvarez (refiriéndose a mi), facilítame tu reloj (toma el tiempo para que se respondieran en 15 minutos las tres únicas evaluaciones que nos hacía, porque así lo autorizaba el Ministerio de Educacion) y cuando yo diga tres, no recibo una previa más.

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